It wasn’t my day.
My week.
My month.
My year.
My life.
God damn it.

23.5.12


Imagínate, qué tontería. Una noche interminable o una mañana impuntual, la casa vacía, las luces apagadas y allí sólo estaba yo. Yo, con sobredosis de soledad en vena, y la desesperación y el aburrimiento en un combate de sumo sobre el teclado googleando tonterías "hola", "¿hay alguien ahí?" y Google de pronto respondiendo

sí.


20.5.12

No le pagan demasiado bien, pero alguien tiene que hacerlo

Sonrisadegatodealicia es una chica curiosa. El monstruo del metro suele asomarse unos centímetros de más para verla mejor. Tiene que tener cuidado, porque Sonrisadegatodealicia balancea los pies como una niña pequeña. Quizá sea porque es una niña pequeña. Y quizá es por eso que el monstruo del metro muestra más interés por ella que por sus zapatos -y eso que son unos buenos zapatos. Unas merceditas negras llenas de arañazos, que traman travesuras mientras trotan de puntillas sobre el traqueteo del tren. Sonrisadegatodealicia se agacha cuando el metro se sacude, como para desperezarse. Mientras todo el mundo busca donde agarrarse, las luces parpadean y el mundo entero cruje, ella dice
 -Hola
, y el monstruo del metro, que es un monstruo bajito, y un poco feo, se demora unos segundos en esconderse, porque esa sonrisa, tres milímetros a la derecha, cinco a la izquierda, dos hacia arriba y el labio de abajo hundido, le deslumbra. Otra vez. El monstruo del metro, a fin de cuentas, no está acostumbrado a nada más que el gris de las prisas. Sonrisadegatodealicia sonríe, sonríe, hasta que los altavoces vomitan el nombre de su parada. Es entonces cuando el monstruo del metro suspira, apenado, flojito para que no se note. Y luego gruñe, un poco más fuerte, porque es su trabajo.